Pese a la negativa de Bhunivelze a su
petición de descender a Nova Chrysalia, el ángel no iba a darse por vencido tan
fácilmente. Necesitaba llegar hasta la joven de rosado cabello, de alguna
forma. Había asumido ya que hasta que no lo lograra no podría descansar en paz.
La simple idea de desobedecer las
órdenes de su amo le producía una intensa inquietud. Desde que había tenido
lugar aquel encuentro con el Altísimo, su marca de servidumbre no dejaba de
escocerle. No sabía si se debía a sus intenciones de desobedecerle o era la
forma que Bhunivelze tenía de advertirle que no lo hiciera.
El ángel caminaba en torno a la esfera
mágica, perdido en sus pensamientos, sus grandes alas blancas batiendo el aire
suavemente a sus espaldas. Contemplaba la imagen de la mujer mientras pensaba
cómo podía hallar la forma de alcanzarla… Nunca había salido del Arca, y por
tanto no tenía idea de cómo descender.
“Necesito un vínculo con alguien de la
superficie”, pensó el ángel,
sopesando sus opciones. “Alguien que
pueda guiarme.”
Aquella simple deducción hizo que se
le ocurriera una idea. Tal vez pudiera funcionar… Era una locura, pero podría
ser su única opción.
En Nova Chrysalia, la máxima autoridad
era la Orden de la Salvación, una organización religiosa que veneraba al
todopoderoso Bhunivelze, a la cabeza de la cual se hallaba la Suma Sacerdotisa.
Llevaban largos siglos rigiendo los destinos de sus habitantes en nombre del
Altísimo desde la capital del mundo.
Pese a que decían que ellos conocían
los designios de Bhunivelze, lo cierto es que sólo una persona podía
transmitirlos: la médium de la Orden, a la cual todos conocían como la Santa
Doncella.
A lo largo de los siglos había habido
muchas médiums. El ángel había sido quien había contactado con ellas en todas
las ocasiones para comunicarles la voluntad del Altísimo. La Santa Doncella
actual era una joven humana cuyo nombre era Vanille Dia.
El ángel suspiró. No le gustaba nada
tener que depositar sus esperanzas en una humana, pero no tenía otra salida. Si
no lo hacía, tal vez no pudiera jamás saber quién era la joven que le había
cautivado de aquella manera.
Se sentó en el suelo, cruzado de
piernas, y desplegó las alas. Expandió su mente hacia la superficie, en busca
de la conciencia de Vanille Dia. Tardó largo tiempo en que el vínculo se
activara; cosas como aquélla le reafirmaban en su opinión acerca de las
limitaciones de las mentes humanas.
-Santa Doncella.-murmuró el ángel una
vez estuvo seguro de que la médium le escuchaba.
‘Mis más humildes respetos, mensajero del
Altísimo’, le llegó la voz telepática de la
joven Vanille. ‘Por favor, decidme qué
divino mensaje queréis que transmita a la Orden.’
-… -el ángel dudó. No sabía si decirle
que aquello no era exactamente un mensaje de Bhunivelze-En esta ocasión no
traigo un mensaje, Santa Doncella. Se requiere cierta información que la Orden
podría proporcionar.
Vanille tardó un poco en responder. El
ángel supuso que estaba sorprendida por sus palabras. Nunca antes le había
hecho una petición a una médium.
‘Los deseos del Altísimo son órdenes’, repuso al cabo. ‘¿Cuál es la información que necesita?’
-Hay una joven humana que vive en las
cercanías de vuestra gran capital-dijo el ángel, una vez reunió el coraje para
dar el paso-. Tiene cabello rosado y ojos azules. La información que se
requiere es… acerca de esta joven. Toda la que podáis brindar.
‘Una joven de cabello rosado y ojos azules…’, repitió la Santa Doncella; su voz sonó casi preocupada. ‘Como deseéis, mensajero del Altísimo.
Contactaré con vos una vez haya obtenido la información que demandáis.’
-Aguardaré vuestra respuesta.-asintió
el ángel, y con estas palabras cortó la comunicación.
Se estiró, irguiendo las alas para
desentumecerlas. Su marca de servidumbre le escocía más que antes, una
silenciosa advertencia por parte de su amo.
Pero ya no había vuelta atrás. Había
tomado una decisión, la primera en su larga existencia. Y pese a su
incertidumbre, estaba dispuesto a seguir hasta el final.
* * *
No tuvo que esperar mucho tiempo hasta
que Vanille Dia volvió a contactar con él. El ángel había pasado aquellas horas
contemplando la imagen de la joven, aguardando impaciente las noticias de la
Santa Doncella. Y se sentía un tanto asustado ante su propia impaciencia.
Los siervos del Altísimo no podían
sentir emociones, y sin embargo, él estaba experimentando una serie de
sensaciones que no era capaz de identificar desde el momento en el que
contempló por primera vez los ojos de hielo de aquella mujer.
‘Mensajero del Altísimo’, dijo Vanille. ‘Tengo la información que habéis requerido acerca de esta mujer.’
-Hablad.-respondió el ángel, tratando
de enmascarar la expectación en su voz.
‘Hay dos mujeres de cabello rosado y ojos
azules que responden a vuestra descripción. Son hermanas, y viven en las
afueras de la capital. Una de ellas está prometida. No puedo daros más
información, a causa de la política de discreción de la Orden.’
El ángel dio un respingo al oír que
una de las dos hermanas estaba prometida. ¿Sería la mujer que él llevaba tanto
tiempo observando? Sintió una punzada de dolor, y el consecuente miedo que le
asaltaba cada vez que experimentaba una sensación desconocida.
-¿No sabéis nada más sobre ellas,
Santa Doncella?
‘Dicha información es confidencial, mensajero
del Altísimo. Aunque quisiera, no me está permitido sin el consentimiento de la
Suma Sacerdotisa.’
El ángel frunció el ceño. La Suma
Sacerdotisa de la Orden era la máxima autoridad entre los humanos seguidores de
Bhunivelze. Si recurría a ella, estaría mintiéndole acerca de los designios del
Altísimo. No era lo mismo no contarle toda la verdad a la médium que mentirle a
la Suma Sacerdotisa. Sin contar que los ángeles no podían mentir, por supuesto. Eran incapaces de verbalizar cualquier información que no fuese verídica en su conocimiento.
‘¿Hay alguna tarea más que deba realizar,
mensajero del Altísimo?’, la voz de
Vanille interrumpió el curso de sus pensamientos. El ángel, frustrado, estuvo a
punto de decirle que no. Pero entonces se le ocurrió una idea. Una loca,
absurda idea.
Vanille Dia era una médium, una guía
espiritual. Había recurrido a ella al principio con el único objetivo de
averiguar todo lo posible sobre la joven, y tal vez así dejar atrás su
creciente curiosidad. Así no tendría necesidad de volverse contra su amo.
Pero ahora ya había recibido toda la
información que la Orden le permitía recabar sin cruzar la línea. Y su
curiosidad estaba lejos de haber sido satisfecha.
Se mordió el labio inferior. ¿Merecía
la pena desobedecer las órdenes de Bhunivelze sólo por una humana a la que ni
siquiera conocía?
Entonces recordó sus ojos azules, su
porte tan fuerte como frágil, y no tuvo más remedio que admitir que no podría
recobrar la tranquilidad a menos que averiguara quién era.
-Santa Doncella-murmuró el ángel, tras
inspirar hondo-, hay algo que quiero preguntaros si podéis hacer.
Ella emitió una breve sensación de
sorpresa.
‘¿De qué se trata?’
-Sois una médium. Podéis guiar los
espíritus a los diferentes planos-el ángel hizo una pausa, inseguro, antes de
continuar-. Quisiera preguntaros… si podríais guiarme a mí al plano mortal.
Vanille tardó en reaccionar, pero el
ángel captó su asombro. Era obvio que aquella petición no se la esperaba.
‘¿Guiaros a vos, mensajero del Altísimo?’
-Sí. Hay algo que debo hacer en
vuestro plano… y creo que sólo vos podréis hacerlo, Santa Doncella.
‘Pero…’,
la voz de Vanille sonaba insegura, casi alarmada. ‘Mensajero
del Altísimo, para mí sería un gran honor, pero nunca antes he realizado una transición
con un ser divino. ¿Estáis seguro de que yo podría hacerlo?’
El ángel frunció el ceño, dubitativo.
Vanille tenía razón, no era lo mismo una transición con espíritus que con un
ente como él. Pero ella era la única que tenía posibilidades de llevarla a
cabo.
-Sólo vos podríais hacerlo, Santa
Doncella-su voz se tiñó momentáneamente con cierto deje de súplica-. Por favor,
intentadlo.
Vanille vaciló, pero tal vez la
necesidad en la voz del ángel le hizo decidirse.
‘Como deseéis… Concentraos en el lugar en el
que deseéis trascender, y abrid vuestra mente a la mía.’
El ángel obedeció. Extendió las alas
al tiempo que bajaba las barreras de su conciencia, permitiendo que la mente de
la Santa Doncella se adentrara en la suya y formara una conexión entre ambos
planos.
“El hogar de esa mujer”, pensó el ángel, con todas sus fuerzas,
cuando comenzó a sentir que la mente de Vanille empezaba a tirar de él. “Allá donde esté ella, tengo que descender.”
Sin embargo, algo no iba bien. Sentía
la conciencia de la Santa Doncella tirar con más energía cada vez de él, pero
era como si algo bloqueara su transición. De pronto, su marca de servidumbre
comenzó a arderle, y le hizo reprimir un grito de dolor. El ángel recordó que
no podía salir del Arca, y tal vez no sólo se limitara a una orden, sino a
alguna clase de barrera mágica.
“¡No! Ahora no puedo volverme atrás”, el ángel trató de aferrarse desesperadamente
al vínculo que Vanille había tendido entre ambos planos. Se debatió con todas
sus fuerzas contra aquel bloqueo, tratando de hacerlo añicos. “Tengo que conocerla. Tengo que saber quién
es. Tengo que…”
Fue como si una explosión de luz
estallase tras sus párpados. El intenso dolor de su cicatriz se tornó
insoportable, y al mismo tiempo sintió como si su espalda se desgarrase, como
si su misma carne se hubiera abierto.
El ángel no pudo evitarlo. Gritó con
todas sus fuerzas.
Y entonces se hizo la oscuridad.
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