jueves, 17 de septiembre de 2015

II. Médium

Pese a la negativa de Bhunivelze a su petición de descender a Nova Chrysalia, el ángel no iba a darse por vencido tan fácilmente. Necesitaba llegar hasta la joven de rosado cabello, de alguna forma. Había asumido ya que hasta que no lo lograra no podría descansar en paz.

La simple idea de desobedecer las órdenes de su amo le producía una intensa inquietud. Desde que había tenido lugar aquel encuentro con el Altísimo, su marca de servidumbre no dejaba de escocerle. No sabía si se debía a sus intenciones de desobedecerle o era la forma que Bhunivelze tenía de advertirle que no lo hiciera.

El ángel caminaba en torno a la esfera mágica, perdido en sus pensamientos, sus grandes alas blancas batiendo el aire suavemente a sus espaldas. Contemplaba la imagen de la mujer mientras pensaba cómo podía hallar la forma de alcanzarla… Nunca había salido del Arca, y por tanto no tenía idea de cómo descender.

“Necesito un vínculo con alguien de la superficie”, pensó el ángel, sopesando sus opciones. “Alguien que pueda guiarme.”

Aquella simple deducción hizo que se le ocurriera una idea. Tal vez pudiera funcionar… Era una locura, pero podría ser su única opción.

En Nova Chrysalia, la máxima autoridad era la Orden de la Salvación, una organización religiosa que veneraba al todopoderoso Bhunivelze, a la cabeza de la cual se hallaba la Suma Sacerdotisa. Llevaban largos siglos rigiendo los destinos de sus habitantes en nombre del Altísimo desde la capital del mundo.

Pese a que decían que ellos conocían los designios de Bhunivelze, lo cierto es que sólo una persona podía transmitirlos: la médium de la Orden, a la cual todos conocían como la Santa Doncella.

A lo largo de los siglos había habido muchas médiums. El ángel había sido quien había contactado con ellas en todas las ocasiones para comunicarles la voluntad del Altísimo. La Santa Doncella actual era una joven humana cuyo nombre era Vanille Dia.

El ángel suspiró. No le gustaba nada tener que depositar sus esperanzas en una humana, pero no tenía otra salida. Si no lo hacía, tal vez no pudiera jamás saber quién era la joven que le había cautivado de aquella manera.

Se sentó en el suelo, cruzado de piernas, y desplegó las alas. Expandió su mente hacia la superficie, en busca de la conciencia de Vanille Dia. Tardó largo tiempo en que el vínculo se activara; cosas como aquélla le reafirmaban en su opinión acerca de las limitaciones de las mentes humanas.

-Santa Doncella.-murmuró el ángel una vez estuvo seguro de que la médium le escuchaba.

‘Mis más humildes respetos, mensajero del Altísimo’, le llegó la voz telepática de la joven Vanille. ‘Por favor, decidme qué divino mensaje queréis que transmita a la Orden.’

-… -el ángel dudó. No sabía si decirle que aquello no era exactamente un mensaje de Bhunivelze-En esta ocasión no traigo un mensaje, Santa Doncella. Se requiere cierta información que la Orden podría proporcionar.

Vanille tardó un poco en responder. El ángel supuso que estaba sorprendida por sus palabras. Nunca antes le había hecho una petición a una médium.

‘Los deseos del Altísimo son órdenes’, repuso al cabo. ‘¿Cuál es la información que necesita?’

-Hay una joven humana que vive en las cercanías de vuestra gran capital-dijo el ángel, una vez reunió el coraje para dar el paso-. Tiene cabello rosado y ojos azules. La información que se requiere es… acerca de esta joven. Toda la que podáis brindar.

‘Una joven de cabello rosado y ojos azules…’, repitió la Santa Doncella; su voz sonó casi preocupada. ‘Como deseéis, mensajero del Altísimo. Contactaré con vos una vez haya obtenido la información que demandáis.’

-Aguardaré vuestra respuesta.-asintió el ángel, y con estas palabras cortó la comunicación.

Se estiró, irguiendo las alas para desentumecerlas. Su marca de servidumbre le escocía más que antes, una silenciosa advertencia por parte de su amo.

Pero ya no había vuelta atrás. Había tomado una decisión, la primera en su larga existencia. Y pese a su incertidumbre, estaba dispuesto a seguir hasta el final.

* * *

No tuvo que esperar mucho tiempo hasta que Vanille Dia volvió a contactar con él. El ángel había pasado aquellas horas contemplando la imagen de la joven, aguardando impaciente las noticias de la Santa Doncella. Y se sentía un tanto asustado ante su propia impaciencia.

Los siervos del Altísimo no podían sentir emociones, y sin embargo, él estaba experimentando una serie de sensaciones que no era capaz de identificar desde el momento en el que contempló por primera vez los ojos de hielo de aquella mujer.

‘Mensajero del Altísimo’, dijo Vanille. ‘Tengo la información que habéis requerido acerca de esta mujer.’

-Hablad.-respondió el ángel, tratando de enmascarar la expectación en su voz.

‘Hay dos mujeres de cabello rosado y ojos azules que responden a vuestra descripción. Son hermanas, y viven en las afueras de la capital. Una de ellas está prometida. No puedo daros más información, a causa de la política de discreción de la Orden.’

El ángel dio un respingo al oír que una de las dos hermanas estaba prometida. ¿Sería la mujer que él llevaba tanto tiempo observando? Sintió una punzada de dolor, y el consecuente miedo que le asaltaba cada vez que experimentaba una sensación desconocida.

-¿No sabéis nada más sobre ellas, Santa Doncella?

‘Dicha información es confidencial, mensajero del Altísimo. Aunque quisiera, no me está permitido sin el consentimiento de la Suma Sacerdotisa.’

El ángel frunció el ceño. La Suma Sacerdotisa de la Orden era la máxima autoridad entre los humanos seguidores de Bhunivelze. Si recurría a ella, estaría mintiéndole acerca de los designios del Altísimo. No era lo mismo no contarle toda la verdad a la médium que mentirle a la Suma Sacerdotisa. Sin contar que los ángeles no podían mentir, por supuesto. Eran incapaces de verbalizar cualquier información que no fuese verídica en su conocimiento.

‘¿Hay alguna tarea más que deba realizar, mensajero del Altísimo?’, la voz de Vanille interrumpió el curso de sus pensamientos. El ángel, frustrado, estuvo a punto de decirle que no. Pero entonces se le ocurrió una idea. Una loca, absurda idea.

Vanille Dia era una médium, una guía espiritual. Había recurrido a ella al principio con el único objetivo de averiguar todo lo posible sobre la joven, y tal vez así dejar atrás su creciente curiosidad. Así no tendría necesidad de volverse contra su amo.

Pero ahora ya había recibido toda la información que la Orden le permitía recabar sin cruzar la línea. Y su curiosidad estaba lejos de haber sido satisfecha.

Se mordió el labio inferior. ¿Merecía la pena desobedecer las órdenes de Bhunivelze sólo por una humana a la que ni siquiera conocía?

Entonces recordó sus ojos azules, su porte tan fuerte como frágil, y no tuvo más remedio que admitir que no podría recobrar la tranquilidad a menos que averiguara quién era.

-Santa Doncella-murmuró el ángel, tras inspirar hondo-, hay algo que quiero preguntaros si podéis hacer.

Ella emitió una breve sensación de sorpresa.

‘¿De qué se trata?’

-Sois una médium. Podéis guiar los espíritus a los diferentes planos-el ángel hizo una pausa, inseguro, antes de continuar-. Quisiera preguntaros… si podríais guiarme a mí al plano mortal.

Vanille tardó en reaccionar, pero el ángel captó su asombro. Era obvio que aquella petición no se la esperaba.

‘¿Guiaros a vos, mensajero del Altísimo?’

-Sí. Hay algo que debo hacer en vuestro plano… y creo que sólo vos podréis hacerlo, Santa Doncella.

‘Pero…’, la voz de Vanille sonaba insegura, casi alarmada. ‘Mensajero del Altísimo, para mí sería un gran honor, pero nunca antes he realizado una transición con un ser divino. ¿Estáis seguro de que yo podría hacerlo?’

El ángel frunció el ceño, dubitativo. Vanille tenía razón, no era lo mismo una transición con espíritus que con un ente como él. Pero ella era la única que tenía posibilidades de llevarla a cabo.

-Sólo vos podríais hacerlo, Santa Doncella-su voz se tiñó momentáneamente con cierto deje de súplica-. Por favor, intentadlo.

Vanille vaciló, pero tal vez la necesidad en la voz del ángel le hizo decidirse.

‘Como deseéis… Concentraos en el lugar en el que deseéis trascender, y abrid vuestra mente a la mía.’

El ángel obedeció. Extendió las alas al tiempo que bajaba las barreras de su conciencia, permitiendo que la mente de la Santa Doncella se adentrara en la suya y formara una conexión entre ambos planos.

“El hogar de esa mujer”, pensó el ángel, con todas sus fuerzas, cuando comenzó a sentir que la mente de Vanille empezaba a tirar de él. “Allá donde esté ella, tengo que descender.”

Sin embargo, algo no iba bien. Sentía la conciencia de la Santa Doncella tirar con más energía cada vez de él, pero era como si algo bloqueara su transición. De pronto, su marca de servidumbre comenzó a arderle, y le hizo reprimir un grito de dolor. El ángel recordó que no podía salir del Arca, y tal vez no sólo se limitara a una orden, sino a alguna clase de barrera mágica.

“¡No! Ahora no puedo volverme atrás”, el ángel trató de aferrarse desesperadamente al vínculo que Vanille había tendido entre ambos planos. Se debatió con todas sus fuerzas contra aquel bloqueo, tratando de hacerlo añicos. “Tengo que conocerla. Tengo que saber quién es. Tengo que…”

Fue como si una explosión de luz estallase tras sus párpados. El intenso dolor de su cicatriz se tornó insoportable, y al mismo tiempo sintió como si su espalda se desgarrase, como si su misma carne se hubiera abierto.

El ángel no pudo evitarlo. Gritó con todas sus fuerzas.

Y entonces se hizo la oscuridad.

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