jueves, 17 de septiembre de 2015

III. Forastero

Oscuridad. Frío. Dolor.

Durante las últimas semanas, muchas sensaciones desconocidas habían invadido al ángel. Pero nunca antes había experimentado unas tan sumamente físicas.

No veía nada, la oscuridad le envolvía, asfixiante. Era como si sus ojos le fallaran, tal vez no tenía siquiera fuerzas para abrirlos y no era consciente de ello, o bien realmente se hallaba perdido en la oscuridad más profunda.

Sentía su piel humedecerse por momentos, su cabello plateado pegándose a su nuca y a su frente por la humedad. Sentía el frío del duro y áspero suelo bajo su cuerpo. El azote del viento helaba todo su ser.

Pero ante todo, sentía dolor. Su marca de servidumbre ardía como nunca antes lo había hecho, pero aquello palidecía en comparación con el horrible dolor de su espalda. La tenía completamente insensibilizada, entumecida. Al intentar batir las alas, los músculos no le respondieron. El simple hecho de intentar flexionarlos le produjo un dolor indescriptible. Como si su misma piel se desgarrara. Pero no tenía fuerzas siquiera para gritar.

La consciencia del ángel se apagaba por momentos, azotada por el dolor, el frío y la oscuridad. Por primera vez en su vida, sentía pánico. Trataba de aferrarse a la vida, pero nunca antes su instinto de supervivencia había tenido necesidad de actuar. Ahora no sabía cómo reaccionar.

Estaba perdido, solo, y desorientado. No podía moverse. Tan sólo podía permanecer allí, tendido en el suelo, y rogar por un milagro.

Algo que trajera de vuelta la luz a su mundo.

* * *

-Menuda tormenta está cayendo-comentó la joven Serah, mirando por la ventana del salón desde el sofá-. Menos mal que hoy hemos vuelto a casa antes de que se hiciera de noche.

-Y aunque hubiera empezado mientras volvíamos, no tendrías que haber temido nada. Bajo mi abrigo hay espacio para dos.-comentó Snow guiñándole un ojo. Serah rió, acurrucándose junto a él.

Lightning suspiró, poniendo los ojos en blanco, y apartó la mirada de su hermana y su prometido. Hacía ya cerca de un año que se habían comprometido, pero la joven todavía no terminaba de asimilarlo, y mucho menos estar segura de que Snow Villiers era el marido perfecto para su querida hermana pequeña.

Sacudió la cabeza. Sabía que no estaba siendo del todo justa: Snow era un buen hombre, y además tenía una buena posición en la sociedad, siendo que era uno de los Patrones que gobernaban la ciudad de Yusnaan. Tenía todos los medios para cuidar bien de Serah, garantizarle una vida plena y sin preocupaciones, y además sabía que la quería con locura. Pero su optimismo, a veces absurdo, la irritaba sobremanera.

No era lo único que le ponía nerviosa de Snow, no obstante. Había más razones, pero la principal era que no quería ver marchar a su hermana. Era su única familia, y cuando ella se casara se quedaría sola. No podía evitar maldecir interiormente a Snow por arrebatársela.

El brutal estruendo de un trueno interrumpió sus pensamientos, seguido inmediatamente por un intenso resplandor que duró varios segundos antes de apagarse. Serah dejó escapar un grito, Snow casi saltó en el sitio, y Lightning, sobresaltada, se puso en guardia, lamentando no tener a mano su espada.

-¿Eso ha sido… un relámpago?-musitó Serah, todavía asustada, tras largos momentos de silencio.

-Eso parece… -Snow dejó escapar un silbido-Desde luego, ha sido uno gordo.

-No digas chorradas-le cortó Lightning, todavía alerta-. ¿A ti te parece que eso era un relámpago normal, Snow?

Snow le dirigió una mirada interrogante, y se encogió de hombros.

-Bueno, cuñada, ¿y qué iba a ser si no?

-No soy tu cuñada.-replicó Lightning, irritada. Serah chasqueó la lengua, pero no dijo nada. Ya sabía que a su hermana mayor no le hacía demasiada gracia su prometido.

Lightning se acercó a la puerta de entrada, alerta. El resplandor bien podría haber sido un rayo, y uno muy fuerte a juzgar por el estruendo que había provocado. Quién sabe si no habría hecho caer algún árbol cerca de su casa. Tal vez no fuera nada, pero su instinto le instaba a comprobarlo.

-¡Lightning!-llamó Serah desde detrás de Snow-¿Qué haces?

-Voy a comprobar que todo está en orden-la tranquilizó ella con un gesto de la mano-. Sólo será un momento.

-Te vas a calar hasta los huesos.-advirtió Snow con cierto tono jocoso. Lightning lo ignoró y siguió su camino hasta la puerta. La abrió con cautela, asomándose al umbral. Llovía a cántaros y prefería no mojarse y tener así que darle la razón a Snow.

Miró a derecha y a izquierda, frunciendo el ceño. Era de noche y no se podía ver mucho, pero parecía que no había ocurrido nada grave. Asintió para sí, aliviada, y se dispuso a volver a entrar a la casa.

Fue entonces cuando otro relámpago iluminó el cielo y los alrededores por un segundo. Y Lightning lo vio por un fugaz instante, y el corazón le dio un vuelco.

No había alcanzado a distinguir qué era, pero había visto una forma oscura tendida en el suelo empedrado, a unos quince metros de la puerta. Una forma que parecía humana.

Alarmada, Lightning vaciló un instante antes de echar a correr hacia allí. No tardó apenas en quedar completamente empapada, pero no le importó. Tenía que asegurarse de qué era lo que había visto.

Cuando llegó a su lado, casi prefirió no haberlo sabido.

A sus pies se hallaba un joven de algo más de veinte años tendido boca abajo, de cabello plateado que caía en sucias y empapadas greñas sobre su frente y se pegaba a su nuca. Era muy delgado y tenía la piel tan blanca que Lightning se temió que estuviera muerto antes de comprobar que respiraba. Algo que parecía seda púrpura, manchada de barro, cubría la parte inferior de su cuerpo, y se enrollaba en cintas en torno a sus brazos y tobillos.

Pero lo más horrible de todo eran las dos tremendas heridas que el joven tenía entre los omóplatos. Sangraban profusamente, cubriendo de escarlata su espalda y tiñendo de rojo los charcos de agua a su alrededor. Al arrodillarse a su lado para comprobar su gravedad, a Lightning se le revolvió el estómago del horror. No eran heridas normales: era como si le hubieran arrancado la carne sin piedad, dejando expuesto el tejido muscular.

“Tengo que hacer algo ya mismo”, Lightning alzó la cabeza, horrorizada, buscando ayuda instintivamente. Pero a aquellas horas y con la tormenta que estaba cayendo, las calles estaban desiertas.

-¡Lightning!-oyó gritar tras ella; la joven giró la cabeza, y vio a Snow y a Serah asomados a la puerta con semblante de preocupación-¿Qué estás haciendo?

-¡Necesito ayuda!-respondió Lightning, su voz teñida de urgencia-¡Snow, ven aquí! ¡Date prisa!

Snow frunció el ceño, desconcertado, pero el tono de Lightning no admitía réplica. Posó brevemente su mano en el hombro de Serah antes de correr hacia donde estaba ella. Cuando llegó a su altura y vio al joven herido, se quedó boquiabierto, con la misma expresión de horror que se había tragado a Lightning la primera vez que vio sus heridas.

-¡¿Pero qué diablos…?!-se apresuró a arrodillarse para examinarlo de cerca-¡No me digas que está…!

-Está vivo, pero apenas respira, y está perdiendo muchísima sangre-le cortó Lightning, recobrando su aplomo práctico pasada la primera impresión-. Ayúdame a entrarlo en casa, Snow. Tenemos que parar esa hemorragia.

-¿Estás segura de que debemos moverlo?-Snow no le quitaba ojo a las horribles heridas del joven-¿Pero tú has visto cómo está?

-O eso, o lo dejamos aquí bajo la lluvia y desangrándose, ¿qué te parece mejor?-replicó ella con dureza. Snow se pasó la mano por el pelo, y asintió tras un segundo.

Lightning ayudó a Snow a levantar cuidadosamente el cuerpo del joven para evitar disgustos. Era mucho más ligero de lo que habían pensado, y el corpulento Snow no tuvo ningún problema para cargar con él hasta la casa, mientras Lightning lo seguía de cerca.

Serah, que estaba esperándoles en el umbral, dejó escapar un grito de horror cuando vio por primera vez al pálido y ensangrentado joven en brazos de Snow.

-Por el amor de los dioses-su voz pareció ahogarse cuando vio las heridas-. ¿Cómo…?

-Eso ahora no tiene importancia-Lightning cerró la puerta tras ella, y echó a correr escaleras arriba-. Snow, llévatelo a mi cuarto; Serah, cúralo con tu magia todo lo que puedas. Yo voy a buscar vendas y desinfectante.

Serah asintió, temblorosa y con los ojos llorosos, y siguió a Snow por el pasillo. Mientras subía las escaleras al cuarto de baño, Lightning no pudo evitar pensar en aquel extraño joven. ¿Qué le habría sucedido para presentar heridas tan brutales? ¿Y por qué habría ido a parar allí, enfrente de su casa?

No recordaba haberlo visto nunca por allí. Y por su aspecto, estaba claro que no era de los alrededores.

Lightning se apartó los empapados mechones de cabello rosado de los ojos, de un intenso azul hielo, y sacudió la cabeza apartando aquellas preguntas de su mente. Ya habría tiempo más tarde de hacérselas al joven forastero.

“Y para eso”, pensó la joven sacando unas gruesas vendas en los cajones del cuarto de baño y apresurándose a bajar las escaleras, “tenemos que asegurarnos de que las vas a poder contestar.”

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