Observar el
mundo.
Ésa era su
tarea. El único motivo de su existencia.
El ángel se
hallaba sentado en el níveo suelo, cruzado de piernas, con sus enormes alas
blancas replegadas a su espalda. Su único atuendo eran piezas de seda púrpura
que cubrían la parte inferior de su cuerpo y se enrollaban en torno a sus
brazos.
Frente a él
flotaba una esfera translúcida, rodeada por velos de energía dorada. En ella se
mostraban imágenes del mundo de la superficie, una tras otra. El ángel podía
elegir las imágenes que le mostraba, pero tal circunstancia apenas tenía lugar.
Se limitaba a dejarlas sucederse, observándolas sin mucho interés, con sus ojos
verdes un poco desenfocados tras siglos sin apartarlos de la esfera.
Lo cierto
era que no le importaba. Él era un ángel, una criatura divina. Un sirviente del
Altísimo, el todopoderoso dios Bhunivelze. Como su siervo, carecía de
emociones. Desde que podía recordar, había estado allí, en la antesala de los
dominios de su amo, custodiando la entrada y observando Nova Chrysalia desde el
Arca, la luna del mundo.
Podía verse
a sí mismo reflejado en la superficie de la esfera. El ángel tenía la
apariencia de un joven humano de algo más de veinte años, delgado y fibroso. Su
piel era sumamente pálida, algo que conjuntaba perfectamente con su revuelto y
espeso cabello plateado que cubría lacio su nuca. Observó sus rasgos, suaves y
marcados a la vez. Deslizó un dedo por la zigzagueante cicatriz que cubría su
ojo izquierdo: era su marca de servidumbre, lo que le señalaba como divino
sirviente del Altísimo.
Había
humanos que decían servir a Bhunivelze en la superficie, pero al ángel le
parecía que sus esfuerzos eran en vano. El dios tenía cosas más importantes que
hacer que atender sus ruegos. De él dependía la estabilidad del Universo, y los
caprichos de los corazones de los humanos no eran sino fugaces, egoístas
plegarias.
Por eso el
ángel estaba allí. Él vigilaba lo que ocurría en el mundo, y su misión era
alertar a Bhunivelze en caso de que el orden de la naturaleza allí se
descontrolase. Y también debía vigilar a los humanos, por si su peligroso libre
albedrío desencadenaba alguna catástrofe.
Durante los
largos siglos que llevaba sirviendo al Altísimo, el ángel había presenciado más
de un desastre provocado por los caóticos corazones de la humanidad. Aquello
que ellos llamaban “emociones” no era sino una maldición a sus ojos. Una carga
que los destruía tanto a ellos como al mundo que su amo intentaba proteger.
“Los humanos son débiles”, pensaba el ángel. “Sucumben ante la oscuridad arraigada en su
misma naturaleza. Son incapaces de abrazar la luz y alcanzar la felicidad.”
Siempre que
contemplaba a los humanos vivir sus efímeras vidas, aquel pensamiento le
rondaba la mente. Era el deber del Altísimo proteger toda vida, y por tanto
también el suyo. Pero los humanos destruían más que creaban. No podía decirse
que le gustaran mucho.
Sin embargo,
aquella ocasión, su eterna rutina se vio alterada en un momento tan efímero
como las vidas humanas.
Mientras
observaba las aleatorias imágenes que la mágica esfera le mostraba, una de
ellas hizo que la apática mirada del ángel adquiriera un brillo que nunca antes
sus ojos habían tenido. Se incorporó como un resorte, desplegando las alas, y
se inclinó para contemplar mejor aquella fugaz imagen.
No había
tenido tiempo de verla bien. Tan sólo había alcanzado a atisbar una melena de
cabello rosado y unos ojos azul hielo que le habían dejado sin aliento.
Por primera
vez en centurias, el ángel usó su poder para que la esfera le mostrase de nuevo
a aquella joven, de aspecto humilde y orgulloso al mismo tiempo, tan hermosa y
misteriosa como una diosa encarnada en un frágil cuerpo humano.
El ángel
alargó la mano hacia la esfera inconscientemente, tal vez intentando tocarla,
llegar hasta ella. Por alguna razón, estaba tan fascinado que ni siquiera era
consciente de que lo estaba.
Él era un
ángel, un ser divino. Los siervos del Altísimo no podían sentir emociones.
Pero, por
alguna razón, se sentía irremediablemente atraído por la imagen de aquella
joven humana. Sus ojos verdes estaban fijos en los de ella, alimentados por un
brillo casi febril.
Hacía siglos
que un pensamiento no martilleaba su mente de aquella forma. Pero, con la
mirada fija en aquella imagen, tan sólo podía pensar en una pregunta, y en cómo
obtener la respuesta.
“¿Quién eres?”
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