jueves, 17 de septiembre de 2015

| Prólogo | Ángel

Observar el mundo.

Ésa era su tarea. El único motivo de su existencia.

El ángel se hallaba sentado en el níveo suelo, cruzado de piernas, con sus enormes alas blancas replegadas a su espalda. Su único atuendo eran piezas de seda púrpura que cubrían la parte inferior de su cuerpo y se enrollaban en torno a sus brazos.

Frente a él flotaba una esfera translúcida, rodeada por velos de energía dorada. En ella se mostraban imágenes del mundo de la superficie, una tras otra. El ángel podía elegir las imágenes que le mostraba, pero tal circunstancia apenas tenía lugar. Se limitaba a dejarlas sucederse, observándolas sin mucho interés, con sus ojos verdes un poco desenfocados tras siglos sin apartarlos de la esfera.

Lo cierto era que no le importaba. Él era un ángel, una criatura divina. Un sirviente del Altísimo, el todopoderoso dios Bhunivelze. Como su siervo, carecía de emociones. Desde que podía recordar, había estado allí, en la antesala de los dominios de su amo, custodiando la entrada y observando Nova Chrysalia desde el Arca, la luna del mundo.

Podía verse a sí mismo reflejado en la superficie de la esfera. El ángel tenía la apariencia de un joven humano de algo más de veinte años, delgado y fibroso. Su piel era sumamente pálida, algo que conjuntaba perfectamente con su revuelto y espeso cabello plateado que cubría lacio su nuca. Observó sus rasgos, suaves y marcados a la vez. Deslizó un dedo por la zigzagueante cicatriz que cubría su ojo izquierdo: era su marca de servidumbre, lo que le señalaba como divino sirviente del Altísimo.

Había humanos que decían servir a Bhunivelze en la superficie, pero al ángel le parecía que sus esfuerzos eran en vano. El dios tenía cosas más importantes que hacer que atender sus ruegos. De él dependía la estabilidad del Universo, y los caprichos de los corazones de los humanos no eran sino fugaces, egoístas plegarias.

Por eso el ángel estaba allí. Él vigilaba lo que ocurría en el mundo, y su misión era alertar a Bhunivelze en caso de que el orden de la naturaleza allí se descontrolase. Y también debía vigilar a los humanos, por si su peligroso libre albedrío desencadenaba alguna catástrofe.

Durante los largos siglos que llevaba sirviendo al Altísimo, el ángel había presenciado más de un desastre provocado por los caóticos corazones de la humanidad. Aquello que ellos llamaban “emociones” no era sino una maldición a sus ojos. Una carga que los destruía tanto a ellos como al mundo que su amo intentaba proteger.

“Los humanos son débiles”, pensaba el ángel. “Sucumben ante la oscuridad arraigada en su misma naturaleza. Son incapaces de abrazar la luz y alcanzar la felicidad.”

Siempre que contemplaba a los humanos vivir sus efímeras vidas, aquel pensamiento le rondaba la mente. Era el deber del Altísimo proteger toda vida, y por tanto también el suyo. Pero los humanos destruían más que creaban. No podía decirse que le gustaran mucho.

Sin embargo, aquella ocasión, su eterna rutina se vio alterada en un momento tan efímero como las vidas humanas.

Mientras observaba las aleatorias imágenes que la mágica esfera le mostraba, una de ellas hizo que la apática mirada del ángel adquiriera un brillo que nunca antes sus ojos habían tenido. Se incorporó como un resorte, desplegando las alas, y se inclinó para contemplar mejor aquella fugaz imagen.

No había tenido tiempo de verla bien. Tan sólo había alcanzado a atisbar una melena de cabello rosado y unos ojos azul hielo que le habían dejado sin aliento.

Por primera vez en centurias, el ángel usó su poder para que la esfera le mostrase de nuevo a aquella joven, de aspecto humilde y orgulloso al mismo tiempo, tan hermosa y misteriosa como una diosa encarnada en un frágil cuerpo humano.

El ángel alargó la mano hacia la esfera inconscientemente, tal vez intentando tocarla, llegar hasta ella. Por alguna razón, estaba tan fascinado que ni siquiera era consciente de que lo estaba.

Él era un ángel, un ser divino. Los siervos del Altísimo no podían sentir emociones.

Pero, por alguna razón, se sentía irremediablemente atraído por la imagen de aquella joven humana. Sus ojos verdes estaban fijos en los de ella, alimentados por un brillo casi febril.

Hacía siglos que un pensamiento no martilleaba su mente de aquella forma. Pero, con la mirada fija en aquella imagen, tan sólo podía pensar en una pregunta, y en cómo obtener la respuesta.

“¿Quién eres?”

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