Pasaron los días. Casi un mes, de
hecho. El ángel no solía contar el tiempo en días, ni siquiera en meses o años.
Eran conceptos demasiado fugaces para un ser que debía ver pasar siglos enteros.
Pero durante aquel mes, apenas había
hecho otra cosa que no fuera contemplar la imagen de la joven de cabello rosado
y ojos de hielo. La observaba sin parar, con los ojos brillantes y el aliento
contenido. No sabía quién era, ni adónde iba ni dónde vivía. Lo único que sabía
era que no podía parar de contemplarla.
Al principio tan sólo quería mirarla,
y así satisfacer su curiosidad –que fue derivando en necesidad– por saber más
acerca de ella. Pero como era lógico, la esfera mágica tan sólo le mostraba
imágenes que eran casi imposibles de descifrar sin el contexto de las palabras.
Pero durante las dos últimas semanas
había empezado a plantearse la posibilidad de poder conocerla en persona. Era
un pensamiento que le había asustado sobremanera en un primer momento:
supondría desobedecer las órdenes directas del Altísimo de permanecer en el
Arca. Sin embargo, la idea no había hecho sino hacerse más y más intensa.
Se sentía desorientado, su hasta
entonces imparcial objetividad se había vuelto del revés. Se suponía que debía
vigilar a toda la humanidad, no estar tan obsesionado con una única humana.
Al final, tomó una decisión. Si su
labor era contemplar todo el mundo y aquella circunstancia se lo impedía, tal
vez solucionarlo le hiciera seguir adelante y dejar atrás la imagen de la
joven.
El ángel inspiró hondo antes de cruzar
el umbral a Cosmogénesis, los dominios de Bhunivelze. Hacía mucho tiempo desde
la última vez que había estado en presencia de su amo. Siempre que lo había
hecho, había sido porque el Altísimo así lo había ordenado. Jamás había entrado
allí por voluntad propia.
Cerró los ojos y atravesó el portal.
Sintió cómo la luz le envolvía, y cuando los volvió a abrir, se halló en un
extraño lugar, sobre un sinuoso camino hecho de losas en forma de soles y
lunas, coronado por una gigantesca runa dorada frente a la cual la sombra del
Altísimo, envuelta en oscuridad, como si del sol en un eclipse se tratara, se
erguía con sus dos pares de alas desplegadas.
El ángel avanzó lentamente hacia el
dios. Trataba de aparentar su habitual calma e imperturbabilidad, pero en el
fondo se sentía nervioso. Se preguntó si Bhunivelze lo sabría, siendo
omnipotente y omnisciente como era.
Se arrodilló frente al Altísimo,
replegando las alas como el protocolo exigía a la hora de postrarse frente a su
amo.
-Mi señor.-murmuró el ángel, bajando
la cabeza en señal de sumisión.
¿A qué se debe tu visita, mi siervo?, resonó una imperiosa voz en las
profundidades de su misma esencia. No eran palabras como tal, sino sensaciones
que formaban un concepto. Bhunivelze no podía hablar, pero como todos los seres
divinos podía comunicar conceptos directamente a la esencia de los seres vivos,
que eran traducidos en frases coherentes en el proceso.
Él se mordió el labio inferior, inseguro.
Bhunivelze no se movía ni podía ver su aspecto tras la capa de oscuridad que lo
rodeaba, pero intuía que el dios estaba intrigado por aquella inesperada
visita. Y tal vez también algo molesto.
-Lamento molestaros, mi señor. He
acudido para haceros una humilde petición.
Bhunivelze tardó largos momentos en
responder. El ángel sabía que en todo caso hubiera esperado que le comunicara
preocupantes noticias desde Nova Chrysalia, pero nunca una petición por su
parte. Él mismo era consciente de la gravedad de su osadía.
Pero pese a ello, tenía que hacerlo. Estaba dispuesto a rogarle a su amo que le
permitiera conocer a aquella joven en persona.
¿Una petición?, repitió el Altísimo. Había cierto matiz
irritado en su voz, tal y como el ángel se temía. ¿De qué se trata?
El ángel frunció el ceño, sin alzar la
mirada. No podía decirle su verdadera motivación, eso estaba claro. Todavía no
la había admitido ni él mismo, porque sabía de sobra lo inconcebible que era.
Así que buscó una razón más objetiva, que pudiera convencer al Altísimo.
-Mi misión es observar a los
humanos-repuso, cauteloso-. Advertir cuándo y cómo pueden poner en peligro el
mundo que vos protegéis. Pero si no conozco cómo piensan y sienten, no puedo
anticiparme a las catástrofes que sus caprichos pueden ocasionar.
Bhunivelze no dijo nada. El ángel
supuso que estaba sopesando sus palabras.
-Siendo mi propósito serviros con la
mayor perfección, tal vez pudiera aprender más sobre la humanidad si
descendiera a la superficie de Nova Chrysalia, mi señor. Podría observar de
primera mano cómo piensan, cómo actúan, cómo sienten…
No.
La voz de Bhunivelze le cortó en seco. El ángel dio un respingo: la dureza de
su tono le había pillado por sorpresa. El
Altísimo no puede dar su beneplácito a tal petición.
Él tardó unos momentos en recuperarse
de la impresión. Nunca antes había percibido tanta irritación por parte del
Altísimo. En otras circunstancias, habiendo recibido una negativa tan rotunda,
hubiera admitido sin réplica su respuesta y se hubiera marchado sin insistir.
Pero algo en su interior se rebeló
cuando asimiló que aquella respuesta le impediría por siempre conocer a la
joven humana de cabello rosado.
-Perdonad mi osadía, mi señor… -dijo
el ángel, eligiendo cuidadosamente sus palabras-¿Por qué no? Mi único propósito
es cuidar del mundo, y sin conocer la verdadera naturaleza de los humanos, no
puedo realizar mi tarea con la óptima eficacia…
Comprendo tus motivos, mi siervo. Bhunivelze habló con severidad,
interrumpiéndole de nuevo. Mas el
Altísimo no puede concederte lo que demandas. No puedes caminar entre humanos.
Tal circunstancia acarrearía tu perdición.
El ángel reprimió las ganas de alzar
la vista y mirar la oscura figura del Altísimo. ¿Su perdición? Sabía que los
humanos no eran de fiar, pero él era un ser divino. Estaba por encima de ellos.
En la naturaleza de los humanos se halla la
oscuridad. Los torna caóticos, violentos e impredecibles. Son peligrosos
incluso para ellos mismos. Están encadenados a los designios de tal oscuridad.
Nosotros, criaturas de pura, radiante, divina luz, no podemos mezclarnos con
ellos, pues tal hecho nos haría perder la libertad de la que gozamos.
Bhunivelze hizo una pausa en la que el
ángel entornó los ojos, dubitativo. Sabía que su amo tenía motivos sobrados
para impedirle marchar, pero aun así…
Tu deber es vigilar a los humanos al margen de
ellos. Como si quisiera zanjar la cuestión,
el Altísimo imprimió especial severidad en sus palabras. Eres un ángel, un ser de pura luz, libre de toda mácula, pues así yo lo
dispuse. No debes exponerte a la oscuridad de los corazones humanos. En el Arca
estás a salvo de sus egoístas deseos. Si deseas servir bien al Altísimo, has de
permanecer puro y radiante, y tal don te será arrebatado si te mezclas con los
humanos.
El ángel frunció los labios. Quiso
replicar, pero no sabía cómo hacerlo. Nunca antes le había replicado a su amo,
y no terminaba de comprender por qué sentía la necesidad de hacerlo.
Pero recordaba los ojos azules de la
joven humana, y algo en su interior deseaba rebelarse contra la prohibición del
Altísimo.
-Pero, mi señor…
Basta.
Aquello fue una orden directa, y al momento la cicatriz que cubría su ojo
izquierdo le ardió como un hierro al rojo vivo en contacto con su piel. El
ángel reprimió un grito ahogado y erizó las plumas de sus alas momentáneamente
antes de replegarlas sumisamente: el recordatorio de que era siervo del
Altísimo, y no tenía permitido replicarle. El
Altísimo ya ha respondido tu petición. Esta audiencia ha finalizado. Ahora
regresa al Arca, y prosigue tu trascendental misión tal y como se te ha
ordenado.
El ángel, que se había llevado una
mano a la cicatriz, no pudo replicar. Una intensa luz dorada emanó del cuerpo
en sombras de Bhunivelze, cegándole por completo y drenando sus fuerzas. Se
sintió como si fuese arrastrado por una fuerte corriente de aire.
Cuando volvió a abrir los ojos, se
hallaba tendido sobre el suelo del Arca, frente a la esfera mágica, su marca de
servidumbre todavía infligiéndole dolorosas punzadas.
Se incorporó poco a poco, usando sus
alas para equilibrarse. Avanzó hacia la esfera, y extendió la mano hacia ella
para invocar de nuevo la imagen de la joven. La contempló durante largo tiempo,
inseguro y fascinado al mismo tiempo.
Sabía que los humanos eran peligrosos.
Llevaba siglos contemplándolo por sí mismo. Y también sabía lo peligroso que
era desafiar a su amo.
Pero en aquel momento, mientras
extendía los dedos cautelosamente hacia el rostro proyectado de la mujer,
decidió correr el riesgo.
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